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portada A Escena

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“Disfrutar hablando en público” en 5 Días / Esade

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Cuando un directivo habla en público desea, en su fuero interno, lo mismo que un actor al representar una obra de teatro: Gustar, seducir. Aún diría más, desea que le recuerden, desea ser memorable. El primer paso para conseguirlo, para triunfar en una actuación es disfrutar de ella. Pasarlo bien hablando en público es condición indispensable para que tu auditorio también disfrute. Si tú no te diviertes cuando presentas, lo tienes complicado para transmitir disfrute a los demás.  Y ya lo dijo Voltaire k,“conviene más esforzarse en ser ameno que en ser exacto, el público lo perdona todo menos el sopor”.

Sin embargo, hay muchos directivos a los que no les gusta hablar en público. Lo hacen porque, por su trabajo o responsabilidad, no tienen más remedio, pero si pudieran, evitarían lo que ellos consideran “un mal trago”. Como no les gusta, se ponen nerviosos antes de hablar, les sudan las manos, o bien no saben qué hacer con ellas, en algunos casos titubean, les tiembla ligeramente la voz, en otros tienen tics que no controlan… En una palabra, sufren.  Todas estas reacciones físicas (palpitaciones, sudor, temblores,…) van acompañadas de lo que los americanos llaman “the inner critics”, unas vocecitas interiores negativas que invaden nuestra mente como por ejemplo: “A mí no me gusta presentar”, “¿Por qué tengo que hacerlo yo?”, “Se van a aburrir”, “Yo este tema no lo domino”, “Mi jefe habla mucho mejor que yo”, “Espero que no me hagan preguntas”, “Preferiría hacerlo sentado”, “Cuanto antes empecemos antes acabaremos”, “Qué pereza me da hablar de esto”, “¿Y si me quedo en blanco?”… 

La lista de pensamientos negativos que pueden invadirnos es muy larga, cada directivo ante una presentación tendrá la suya.  Y no somos conscientes de hasta qué punto todo lo que pensamos se ve reflejado en nuestra forma, es decir, en nuestro lenguaje corporal. Por mucho que intente disimular, si mis pensamientos van por un lado y mis palabras van por otro, mi forma me delatará. Si no sintonizo con mis palabras, mi cuerpo y mi rostro reflejarán lo que estoy pensando, no lo que estoy diciendo. Por mucho que exprese en voz alta “estoy encantado de estar aquí”, si por dentro estoy pensando “vaya aburrimiento”, me arriesgo a que mis gestos, mi postura, la expresión de mi rostro o mi mirada me delate y los espectadores no me crean. ¿Por qué? Porque el público primero me ve y sólo después me escucha.

El público agradece la honestidad. Es cierto que puedes fingir estar pasando un buen rato cuando en realidad estás sufriendo con tu presentación. Pero fingir es agotador, requiere de muchísima más energía que ser uno mismo, y siempre existe el riesgo de que, como decía, tu forma te traicione y te acaben “pillando”.

Si pudiéramos, deberíamos hablar sólo de lo que nos gusta, ante un público amable y en el escenario y el momento adecuados. De este modo nuestra predisposición al disfrute sería sincera, no tendríamos que engañarnos a nosotros mismos, y nuestro lenguaje corporal sería coherente con nuestro discurso. Si uno creyera siempre en lo que dice, su cuerpo y su rostro sintonizarían con sus palabras.

Pero como eso no siempre es posible, la primera necesidad es eliminar esos “críticos interiores” que me impiden disfrutar. ¿Cómo? Transformándolos en “coach interiores”. Es decir, encontrando para cada pensamiento negativo, un pensamiento positivo que contrarreste el anterior, con una premisa fundamental, que ese pensamiento positivo sea cierto para mí.

La búsqueda de esos sentimientos positivos puede trabajarse con técnicas específicas; pero debe hacerse siempre con honestidad, la sinceridad es esencial al analizar mi actitud como orador. Se tratará de pequeños “mantras” referentes al discurso, el público, el escenario, el momento… todos los elementos que definen ese acto de comunicación, mantras que uno pueda repetirse por dentro para recuperar la positividad antes de empezar su discurso. Por ejemplo: “conozco el tema a fondo, me siento bien preparado para explicarlo”, “me hace ilusión presentar en esta sala o ante este público”… Esos pensamientos positivos allanarán el camino para disfrutar de mi actuación, y si son ciertos para mi, el auditorio lo notará y lo agradecerá. Y si el público lo pasa bien mostrará su agradecimiento a través del aplauso, que es lo que todo actor desea.

http://blogs.cincodias.com/idearium/2015/06/hablarenpublico.html

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Debate sobre presentaciones y teatro

Roger Prat, experto en presentaciones eficaces (Presentable), organizó un Hangout el 3 de marzo para debatir sobre cómo mejorar nuestras presentaciones aplicando técnicas teatrales. Con Fermi Casado, actor profesional desde hace más de 20 años, hablamos sobre cómo ensayar, si es conveniente memorizar y cómo hacerlo, y qué aspectos tener en cuenta al preparar una presentación.

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La gran invención

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En noviembre 2014 se estrenó en cines de toda España el cortometraje “La gran invención”, de Fernando Trias de Bes, en el que he colaborado como productora, directora artística y de casting, y también actriz. Hemos competido por la Espiga de Oro en la Seminci 2014, y nos han seleccionado para la Muestra de cine internacional de Palencia, el Festival de cine español de Nantes y el de Medina del Campo. ¡Estamos de enhorabuena!

En breve saldrá a la venta el DVD junto al largometraje “Diplomacia” de Volker Schlöndorff.

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El fenómeno mediático Punset


Verlo en la web de tv3

El fenómeno mediático Eduard Punset analizado por el presentador Albert Om, el editor Ramón Perelló y Mercedes Segura.

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El tono de nuestras conversaciones

Cuántas veces nos escondemos detrás de un email o mensaje de texto por pereza, por prisa, por comodidad, timidez, dejadez, desinterés,… o simplemente porque desestimamos la importancia de esa posible conversación. Los emails y/o los mensajes de texto están bien para mensajes concisos, y donde no hay cabida a interpretaciones subjetivas de nuestras palabras. Los emails están bien cuando el tono de nuestro mensaje no es importante, porque transmitir un determinado tono por email o sms requiere un gran dominio del lenguaje escrito.

Y cuántas veces enviamos un email creyendo ganar tiempo, al que le siguen un segundo, un tercero,… y acabamos “teniendo que” llamar a nuestro interlocutor para aclarar y resolver lo que email sólo ha embrollado. ¿No hubiera sido más rápido empezar por la llamada?

Si tomáramos conciencia del poder del tono de nuestra voz no sustituiríamos conversaciones de temas peliagudos, conflictivos o importantes por emails.

Nuestra voz puede ser más versátil que el más sutil de los instrumentos, puede expresar todo un abanico de sentimientos, emociones y estados de ánimo.

Cada vez que tengamos que abordar un tema importante, reflexionemos si es suficiente con hacerlo detrás de un teclado o vale la pena hablarlo.

Mercedes Segura

Publicado en mesandmore el 30 de enero de 2013

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El poder de la mirada

“Las palabras están llenas de falsedad o de arte; la mirada es el lenguaje del corazón” William Shakespeare

Tanto al hablar como al escuchar, nuestra mirada comunica.

Cuando nos comunicamos con uno o más interlocutores, tan sólo observando cómo nos miran, podemos comprender lo que piensan y sienten de lo que les estamos contando. Quienes leen el contenido de su charla y no levantan la vista del papel se pierden un elemento valioso, el observar la mirada de su público.

Si se trata de una entrevista o cualquier comunicación inter personal, debemos mirar siempre a aquel o aquellos con los que estamos dialogando, pero sin acoquinarles, por lo que, de vez en cuando, conviene apartar la mirada por un segundo para que la concentración se “tome un respiro”. Si hablamos ante un público más amplio, nuestra vista se paseará por todo el auditorio. Si este paseo o barrido visual del público es demasiado rápido puede desconcertar, y si por el contrario, el ponente fija insistentemente su mirada en una sola zona del auditorio puede intimidar a los que la reciben. Lo ideal es detener la mirada unos 10 segundos en cada zona, lo que nos permitirá “escuchar” las reacciones de esa parte de la audiencia.

El poder de la mirada es aplicable a los que escuchan. ¡Quién no ha sufrido el desengaño de estar explicando algo y sentir que tu interlocutor no te mira! Tengámoslo en cuenta cuando nos toque ser público, incluso sentados en un teatro, en un auditorio, en la última fila, influimos sobre lo que pasa en el escenario. No hay nada que desestabilice tanto como sentir que no te escuchan, y el primer indicador de escucha es una mirada atenta. Quien está arriba, en el escenario, puede percibir esas miradas, ya sean con interés, o por el contrario, distraídas o incluso aburridas. Recordémoslo, cuando formemos parte de un público, tan solo con nuestra mirada podemos influir en la escena.

Publicado en Mesandmore el 18 de diciembre de 2012

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¡A escena! Lo que el teatro aporta a la comunicación empresarial

¿Qué ocurriría si los ejecutivos, los profesionales, contaran con la preparación del actor? ¡A escena! nos enseña a aplicar las técnicas de teatro a la comunicación empresarial. Respiración, concentración, compromiso, ensayo, pasión, respeto por el público, etc., sobre las tablas y en la sala de juntas.

El teatro y la empresa, dos mundos aparentemente alejados, tienen puntos en común. Existe un paralelismo entre representar una obra y comunicarse en la empresa y en la vida cotidiana. El buen actor se prepara antes de salir a escena, ensaya el texto, se familiariza con el escenario, se concentra, explora la expresividad de su rostro y su cuerpo. A estas técnicas le suma la emoción. El ejecutivo en una junta de gobierno o un ama de casa en una reunión de vecinos pueden seguir este mismo proceso para comunicar mejor. Se trata de buscar el equilibrio entre técnica y sentimiento para hacer llegar el mensaje y convencer al público.

A través de ejemplos de empresa, situaciones cotidianas y ejercicios con los que los actores se preparan,  “¡A escena!” abre un nuevo camino para ayudar a los ejecutivos a desarrollar sus capacidades de comunicación, de expresión, de empatía.

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Nunca es tarde para cambiar

Nunca es tarde para cambiar, no hay que tener miedo a realizar tus sueños; suena cursi, pero es cierto. Con casi 40 años me he transformado de una economista-ejecutiva-agresiva de multinacional en profesora de teatro y escritora. Sigo disfrutando con lo que hago, pero he pasado de tener mucha responsabilidad y poco tiempo, a organizar mi agenda como deseo y tener tiempo para mi y para las personas que quiero. Permitidme que os cuente mi historia.

¿Qué es lo que nos impide cambiar? Yo hacía tiempo que me sentía insatisfecha, lo único que me consolaba es que una voz interior me decía “esto no va a ser así para siempre, esto no puede ser para siempre”. Me gustaba mi trabajo pero me costaba compaginar el ser directiva, con responsabilidades y viajes frecuentes, con el rol de madre, ama de casa y esposa. Respeto a las mujeres que trabajan muchas horas, pasan poco tiempo en casa, y se sienten satisfechas con esta vida. Las respeto pues si hacen lo que desean y han encontrado su equilibrio, seguramente ese ratito diario que dedican a sus hijos y su pareja es de calidad. En mi caso no era así, me asaltaba la mala conciencia, continuamente. Me sabía mal perderme las fiestas de cumpleaños de mis hijos, añoraba poder recogerles alguna tarde en el colegio, detestaba comer fruta del supermercado y tenía que hacer malabarismos para acompañarles al pediatra pues mi trabajo era muy absorbente. Lo ideal hubiera sido pedir reducción de jornada, pero no era capaz de renunciar a sueldo y cargo. Tenía muchas “excusas” a mano. No lo veía factible en mi empresa, no había precedentes, temía que me apartaran de mi puesto, y yo disfrutaba con mi trabajo. ¿Y dimitir? Siempre estaba el tema económico – “si lo dejo no podremos mantener este nivel de vida” me decía a mi misma -,  y también el miedo social al cambio. Ser directiva de multinacional comporta un cierto status. Te preguntan “¿tú que haces?” y contestas “soy directora de marketing de tal y cual”, estás definida, catalogada y clasificada. Yo no me veía a mi misma contestando “me ocupo de los niños y de la casa”.  Y estaba obcecada, no creía posible encontrar otro trabajo que me satisficiera más allá de la carrera directiva empresarial.

Así que, pese a la insatisfacción, aguantaba. Empecé a encontrarme mal, continuamente tenía anginas, eccemas en la piel, cansancio, fiebre,… eran varios síntomas, que fueron manifestándose repetidamente durante dos años. Pero yo era sorda y ciega, no hacía caso. Me limitaba a poner parches (antibióticos, quejarme del aire acondicionado de la empresa, intentar recuperar horas de sueño el fin de semana,….). Mi cuerpo siguió avisándome y una mañana, en una feria en Milán, mi cuerpo me chilló con todas sus fuerzas “YA NO PUEDO MÁS”. Me encontré realmente mal, me ingresaron en un hospital dos semanas, me dictaminaron una enfermedad auto-inmune y me aconsejaron reposo absoluto.

De repente me encontré en casa, tumbada en la cama, y con todo el tiempo para pensar. Recuerdo la sensación de no hacer nada, algo nuevo para mi, y de disfrutar por primera vez en mi vida de ello. Al principio sufría porque me sentía inútil y por las molestias organizativas que supuso para mi familia mi enfermedad, pero pronto me abandoné, estaba realmente cansada, me dejé llevar y me relajé. En esos meses reflexioné mucho, entendí  hasta que punto tenía complejos y me condicionaba el entorno. Al relajarme, empezaron a ocurrírseme ideas, proyectos que podían realizarme como persona y permitirme llevar una vida más tranquila. Y pensé en retomar mi gran afición, el teatro (de joven había estudiado arte dramático y actuado como amateur). Volví a la universidad donde había estudiado Económicas y les ofrecí impartir clases de teatro para comunicarse mejor. Nunca había dado clases, no tenía ni idea de cómo hacerlo, pero tenía tiempo. Retomé los libros de teatro de mis años estudiantiles, y diseñé una clase piloto. Hicimos una prueba y…. ¡funcionó! De esto hace 5 años, y desde entonces doy muchas clases, pues el boca a boca ha hecho que los alumnos se vayan multiplicando. A raíz de las clases he escrito un libro, que según me cuentan está ayudando a muchas personas a comunicarse mejor, y desde el libro me llaman para dar conferencias sobre comunicación. Es fantástico, nunca pensé que disfrutaría enseñando, ni que escribiría un libro, y sobretodo, nunca pensé que podía hacer algo que ayudara a los demás y al mismo tiempo a mi misma. Organizo yo mi horario y… ¡puedo recoger a mis niños del colegio!

La moraleja de esta historia que desearía pudiera serle útil a otras mujeres en mi situación, es que no duden, no esperen como yo – que fui cobarde y no di el salto antes – a que su cuerpo las llame a gritos o a que su vida se desmorone. Si haces lo que de verdad te gusta, seguro que lo haces bien y tienes éxito. Todos tenemos una intuición, una voz interior, pero no la escuchamos, la ahogamos. Yo he empezado a sentirme bien conmigo misma cuando he aprendido a escucharme, a confiar en mi, y he dejado atrás los complejos sociales y el miedo a no ser “clasificable”. La vida es corta, y si de verdad deseas algo o hay algo de tu vida con lo que no estás conforme, empieza a cambiarlo desde hoy mismo. Tú eres la actriz principal de tu vida, ¡no dejes que nadie te arrebate este papel!

Publicado en dDona, abril 2008

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